
"Quisiera subrayar que el influjo nefasto del demonio y de
sus secuaces es habitualmente ejercitado a través del engaño, la mentira y la
confusión. Así como Jesús es la
Verdad (cf. Jn 8, 44), el diablo es el mentiroso por
excelencia. Desde siempre, desde el inicio, la mentira ha sido su estrategia
preferida. No hay lugar a dudas de que el diablo tiene la capacidad de atrapar
a muchas personas en las redes de las mentiras, pequeñas o grandes. Engaña a
los hombres haciéndoles creer que no tienen necesidad de Dios y que son
autosuficientes, sin necesitar ni la gracia ni la salvación. Logra engañar a
los hombres amortiguando en ellos, e incluso haciendo desaparecer, el sentido
del pecado, sustituyendo la ley de Dios como criterio de moralidad por las
costumbres o consensos de la mayoría. Persuade a los niños para que crean que
la mentira constituye una forma adecuada para resolver diversos problemas, y de
esta manera se forma entre los hombres, poco a poco, una atmósfera de
desconfianza y de sospecha. Detrás de las mentiras, que llevan el sello del
gran mentiroso, se desarrollan las incertidumbres, las dudas, un mundo donde ya
no existe ninguna seguridad ni verdad, y en el cual reina, en cambio, el
relativismo y la convicción de que la libertad consiste en hacer lo que da la
gana. De esta manera no se logra entender que la verdadera libertad consiste en
la identificación con la voluntad de Dios, fuente del bien y de la única
felicidad posible.
La presencia del diablo y de su acción explica la
advertencia del Catecismo de la
Iglesia católica: «La dramática condición del mundo que
"yace" todo él "bajo el poder del maligno" (1 Jn 5, 19),
hace que la vida del hombre sea una lucha: "Toda la historia humana se
encuentra envuelta en una tremenda lucha contra el poder de las tinieblas;
lucha que comenzó ya en el origen del mundo, y que durará, como dice el Señor,
hasta el último día. Inserto en esta batalla, el hombre debe combatir sin
descanso para poder mantenerse unido al bien; no puede conseguir su unidad
interior si no es al precio de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de
Dios" (Gaudium et spes, 37, 2)» (n. 409).
La Iglesia
está segura de la victoria final de Cristo y, por tanto, no se deja arrastrar
por el miedo o por el pesimismo; al mismo tiempo, sin embargo, es consciente de
la acción del maligno, que trata de desanimarnos y de sembrar la confusión.
«Tengan confianza -dice el Señor-; yo he vencido al mundo» (Jn 8, 33)".